espeso como el aceite, húmedo, también suave.
Podía sentirlo alrededor de mí:
En mi ropa, en mi piel, en mis labios, mi boca....
hasta podía saborearlo en mi saliva.
Era terriblemente redundante,
pesado, más que cansino.
Me abrumaba... me sentía acosado.
Como una alimaña que se esconde para
no ser devorada...
Llegué a casa, y fuí directamente al baño.
Me enjuagué las manos con mucho jabón,
me cepillé los dientes con bastante entusiasmo
y me rocié todo mi cuerpo en dosis industriales
de ese perfume que uso para ocasiones especiales.
Hice lo mismo en mi habitación, y con especial ahínco en mi cama.
No se porqué lo hice, pero finalmente fué asi.
Definitivamente jamás volvería a ocurrirme lo mismo.
O eso espero.
Horas más tarde bebí agua del vaso que vigila mi mesilla de noche;
...ese maldito olor seguía ahí...